
Highlights
El colapso australiano
Tras la crisis de 2008, estudios como Pandemic, Krome y Team Bondi cerraron. El 60% del sector desapareció en cuatro años y talentos como el mentor de Sanatana Mishra (Witch Beam) volvieron a ser electricistas o emigraron a Blizzard.
Paraguay, la hormiga
Sin grandes estudios ni políticas públicas, la escena local creció desde el garaje, empujada por la organización comunitaria, la resiliencia individual y logros recientes como los éxitos en Fortnite o la participación en IGDA.
Una lección compartida
Australia se rearmó con incentivos fiscales federales y un nuevo ecosistema de estudios indie. Paraguay busca su modelo de sostenibilidad. Ambos países demuestran que la pasión sin estructura puede germinar, pero no siempre crece.
La industria australiana de videojuegos montó una montaña rusa en las últimas dos décadas. El país había construido grandes estudios como Pandemic, Krome, Blue Tongue, 2K Australia y Team Bondi, pero tras la crisis financiera global de 2008, alrededor del sesenta por ciento del sector de desarrollo australiano desapareció en cuatro años.
“Toda la industria fue arrasada”, recuerda Sanatana Mishra, cofundador de Witch Beam, quien vio cómo muchos desarrolladores talentosos abandonaron el rubro. “Mi mentor de diseño, que me enseñó todo lo que sé, volvió a ser electricista. La mayoría de mis compañeros, que eran excelentes en lo que hacían, se fueron a Estados Unidos y se unieron a empresas como Blizzard. Vimos una fuga de cerebros a un nivel inimaginable.”
En Paraguay, no hubo una crisis que arrasara con nada. No porque la industria fuera más resiliente, sino porque directamente no existía una industria que arrasar. Los primeros desarrolladores trabajaban en silencio, aprendiendo de tutoriales de YouTube, sin contactos, sin inversión, sin un mercado local que los sostuviera.
Marco Brunetti, presidente de IGDA Paraguay, resume ese origen con crudeza: “Yo durante los primeros tres o cuatro años desarrollé videojuegos. Aprendí solo. Aprendí autodidacta en YouTube. No tenía ni los recursos ni el tiempo para ir a la facultad. Hacía mis juegos, pero nadie se enteraba de que yo hacía juegos.”
La comparación entre ambos países no es caprichosa. Ambos son naciones de tamaño medio (Australia con 27 millones de habitantes, Paraguay con algo más de 7 millones), ambos tienen una fuerte vocación exportadora en servicios, y ambos enfrentan el desafío de competir en una industria global dominada por Estados Unidos, Japón y Europa.
Pero sus trayectorias fueron radicalmente distintas. Australia tuvo un boom, un colapso y una reconstrucción impulsada por políticas públicas agresivas. Paraguay nunca tuvo boom, pero tampoco colapso: creció lenta, casi orgánicamente, empujada por la voluntad de unos pocos y la organización gremial.
Inicios: de los grandes estudios a los garajes

Australia construyó su industria a la antigua: estudios subsidiados por publishers internacionales que veían en el país una mano de obra calificada, de habla inglesa y con costos relativamente bajos. Eran, como explica Ron Curry, CEO de IGEA, “oficinas satélite” de grandes corporaciones.
Cuando la crisis financiera global golpeó, esas oficinas fueron las primeras en cerrar. “Todo el mundo se retiró tan pronto como las cosas se pusieron difíciles, todo volvió a la oficina central. Así que lo que vimos fue prácticamente un cierre y una destrucción de toda la industria australiana.”
En Paraguay, el origen fue inverso. No hubo grandes estudios que llegaran de afuera. Los primeros desarrolladores eran emprendedores solitarios que veían en los motores accesibles (Unity, Unreal) y las tiendas digitales (Steam, Google Play) una oportunidad que antes no existía.

Juan de Urraza, cofundador de Posibillian Tech y fundador de IGDA Paraguay, describe cómo su generación vivió la transición: “Aparecen los motores, aparece Unity, Unreal, aparecen los teléfonos móviles y los teléfonos móviles no solamente traen una nueva forma de jugar, sino que además traen las tiendas móviles. Aparece Steam. Entonces uno puede distribuir lo que hace a través de un canal digital apretando un botón.”
La diferencia es clave. Australia perdió una industria que había sido construida desde arriba. Paraguay construyó la suya desde abajo, sin que nadie se la regalara.
El colapso australiano vs. el lento crecimiento paraguayo
La crisis de 2008 fue un parteaguas para Australia. Los estudios cerraron, los desarrolladores emigraron o cambiaron de rubro, y la industria quedó reducida a escombros. Pero de esos escombros surgió algo nuevo. “Lo que vino de eso fue el florecimiento de una escena de desarrollo independiente en Australia”, explica Curry. Desarrolladores experimentados que habían sido despedidos comenzaron a formar sus propios estudios.

En Paraguay, no hubo un evento equivalente. La industria nunca tuvo un “pico” desde el cual caer. En cambio, creció de manera sostenida pero lenta. Marco Brunetti recuerda cómo descubrió que existía una comunidad: “Un día así de la nada me enteré que existía IGDA. Hasta ahora tengo el mensaje de cuando me contaron los de Warani Studios que había una GGJ en Paraguay y empecé a participar con la comunidad en las Jams.” Esa fue la puerta de entrada para muchos: la Global Game Jam, los encuentros de IGDA, el boca a boca entre apasionados.
Juan de Urraza contextualiza el tamaño de esa comunidad: “En los últimos quince años se desarrollaron en Paraguay cerca de trescientos videojuegos, la mayoría creados por equipos pequeños o en el marco de game jams.”
La comunidad activa ronda las doscientas veinte personas, y la industria mueve alrededor de 2,5 millones de dólares anuales. Cifras modestas, pero significativas para un sector que recién empieza a organizarse.
El crecimiento paraguayo nunca fue explosivo. Fue, más bien, una acumulación de pequeños logros: un juego que llega a PlayStation, un estudio que consigue un publisher internacional, un equipo que recibe un Epic MegaGrant. No hubo un “antes y después” dramático, sino una sucesión de pasos que, mirados en retrospectiva, dibujan una trayectoria ascendente.
El resurgimiento: Australia apuesta fuerte, Paraguay apuesta en comunidad

El resurgimiento australiano fue, en gran medida, una historia de política pública acertada. El gobierno federal introdujo el Digital Games Tax Offset (DGTO), una desgravación fiscal del treinta por ciento que puede combinarse con incentivos estatales de hasta quince por ciento adicional, alcanzando una rebaja total del cuarenta y cinco por ciento. “Si sumas ese treinta por ciento a, digamos, Queensland, que ofrece un quince por ciento de reembolso, de repente es un cuarenta y cinco por ciento de reembolso, que es enorme”, dice Curry.
Además, existen diversas subvenciones y fondos en los distintos estados australianos. Serge Zebian de Playwright Consulting resume el impacto: “Creo que el programa ha convertido a Australia en un destino genuinamente atractivo para traer trabajo. Especialmente para el codesarrollo y las asociaciones estratégicas a largo plazo con estudios australianos, donde estamos viendo una gran aceptación.”
El resultado fue una transformación radical. Gameloft Brisbane creció de cincuenta a ciento veinticinco personas. Slipstitch Games afirma que el financiamiento público “elimina riesgos” y les da capacidades que de otro modo no tendrían. Y la escena indie australiana se convirtió en una potencia global, produciendo éxitos como Untitled Goose Game, Cult of the Lamb y Hollow Knight.
En Paraguay, el resurgimiento (si se le puede llamar así) no vino del Estado, sino de la comunidad. IGDA Paraguay se convirtió en el principal articulador del ecosistema. Brunetti explica el rol de la asociación: “Somos los que empujamos para poder conseguir que la industria se conozca, que podamos realmente llegar alto, soñar el cielo del techo, y poder llegar realmente a mostrar que Paraguay puede impactar en los videojuegos a nivel mundial.”
La Federación Latina de Desarrolladores de Videojuegos (Latam VGF) también jugó un papel importante. Como señala Juan de Urraza, “todos los años tenemos diez becas para el GDC para paraguayos. La federación puede conseguir cosas que nosotros como asociación paraguaya no vamos a conseguir.” Esas becas, que cubren la entrada al evento (unos dos mil dólares), son un ejemplo de cómo la articulación regional puede suplir la ausencia de políticas públicas nacionales.
El resurgimiento paraguayo, a diferencia del australiano, no fue impulsado por dinero estatal, sino por voluntad colectiva. Y eso tiene ventajas y desventajas. La ventaja es que no depende de los vaivenes políticos. La desventaja es que los recursos son limitados y el crecimiento, más lento.
Apoyo estatal: el gran abismo
Aquí la diferencia es abismal. Australia tiene un sistema de incentivos fiscales que es la envidia de la industria mundial. Paraguay, en cambio, no tiene una línea de apoyo específica para videojuegos.
Juan de Urraza lo dice sin rodeos: “El gobierno no tiene una línea de apoyo específica de videojuegos. Eso es super importante entender. Es muy difícil.” Sin embargo, aclara que no es nulo: “Hay herramientas que inteligentemente usadas podrían apoyar: REDIEX (economía naranja), Conacyt (innovación), la Ley de Fomento al Audiovisual es suficientemente abierta como para que los videojuegos puedan entrar.”
Posibillian Tech ha utilizado REDIEX para financiar viajes a eventos internacionales y ha conseguido clientes gracias a esa inversión inicial. Pero, como admite Urraza, “falta un fondo exclusivo de videojuegos para que la gente pueda crear propiedad intelectual paraguaya.”
En Australia, la situación es radicalmente distinta. El DGTO no solo existe, sino que ha demostrado ser un multiplicador de desarrollo. Ian MacLarty de Shape Shop dice que las subvenciones gubernamentales le permitieron trabajar con un músico en Mars First Logistics. Elizabeth Blythe de Slipstitch Games afirma que el financiamiento “elimina riesgos” y les da “mucha capacidad que de otro modo no tendríamos”.
La diferencia no es solo de escala, sino de concepción. Australia entendió que los videojuegos son una industria estratégica y la trató como tal. Paraguay todavía está en la etapa de demostrar que existe.
Ventajas y desafíos actuales
Australia, pese a su éxito, no es inmune a los shocks globales. El número de empleados en la industria se ha mantenido casi sin cambios en los últimos tres años, y Dave Lloyd de Powerhoof advierte que ha sido “realmente terrible los últimos dos años” para obtener financiamiento de publishers. También le preocupa la dependencia de contratos estadounidenses que podrían desaparecer, como ocurrió en 2008.
Pero Lloyd también destaca una ventaja clave: “Lo bueno de Australia es que cuando hacemos eso, tenemos las oportunidades con financiamiento y todo eso que muchos otros países no tienen. Y entonces es posible obtener una ventaja y comenzar algo, y construir la industria.”
En Paraguay, las ventajas son otras. El país tiene una comunidad unida, dispuesta a colaborar en lugar de competir. Juan de Urraza lo explica con claridad: “Nosotros no competimos entre nosotros, nos ayudamos mutuamente, aprendemos unos de los otros. El objetivo siempre es colaboración por sobre todo.” Esa mentalidad, forjada en la necesidad, es un activo intangible valioso.
Los desafíos, sin embargo, son enormes. La fuga de talento es real. Los desarrolladores paraguayos trabajan para estudios extranjeros de forma remota, ganan en dólares, y su experiencia no se capitaliza localmente. Marco Brunetti lo menciona al hablar de la virtualidad: “La gente no se muda y no se va a la oficina del estudio en Polonia o del estudio en Nueva York, sino que trabaja desde Paraguay. Acostumbrarse a este entorno híbrido a nivel profesional es muy importante.”
También falta experiencia técnica en áreas clave. Urraza señala: “Nos falta game feel, que se sientan bien, que den gusto. Muchas veces a nosotros nos cuesta porque no tenemos programadores expertos en gameplay. No hay eso.” Y agrega: “Nos falta mucho diseño de UI, no hay ningún experto en UI para videojuegos realmente.”
Australia también enfrenta desafíos de talento, pero a mayor escala. La encuesta de IGEA encontró que solo había 2.443 empleados a tiempo completo en la industria australiana. Manea Castet de Gameloft Brisbane dice que puede ser difícil cubrir puestos de liderazgo. Pero también señala una ventaja: “Hay menos competencia por empleados de otras empresas rivales, y en general nos permite ser un pez grande en un estanque pequeño.”
Lecciones cruzadas
La historia australiana demuestra que la reconstrucción es posible. La paraguaya demuestra que la construcción también lo es. Australia tuvo una industria que colapsó y luego se reinventó con políticas públicas agresivas. Paraguay nunca tuvo esa industria, pero está construyéndola con comunidad, perseverancia y una articulación regional que suple parcialmente la ausencia del Estado.
¿Qué puede aprender Paraguay de Australia? Primero, que las políticas públicas de incentivo pueden acelerar el proceso de manera decisiva. No se trata de regalar dinero, sino de crear condiciones fiscales y financieras que hagan que invertir en videojuegos sea matemáticamente atractivo. Segundo, que la masa crítica importa. Australia pasó de tener una escena indie a tener estudios medianos y grandes, y eso creó un círculo virtuoso de retención de talento.
¿Qué puede aprender Australia de Paraguay? Que la colaboración por encima de la competencia es posible incluso sin grandes incentivos. Que la comunidad puede ser un motor de desarrollo cuando el Estado no está presente. Y que la paciencia es una virtud: el crecimiento lento pero sostenido, construido sobre relaciones personales y confianza mutua, puede ser más resiliente que los booms financiados por capital externo.
Como dice Juan de Urraza, citando a Simon Sinek: “Lo importante es to play the game. Mientras vos tengas la capacidad de seguir haciendo lo que te gusta, eso es lo que importa. Perder acá es no poder hacer más lo que querés. Mientras lo sigas haciendo, aunque por diez años no haya un juego propio, pero seguimos aprendiendo, seguimos haciendo, para mí eso es suficiente.”
Australia y Paraguay están jugando el mismo juego. Solo que en canchas distintas, con reglas distintas, y con recursos muy distintos. Pero el objetivo es el mismo: construir una industria sostenible, que permita a sus creadores vivir del arte que aman. Y en eso, ambos países tienen todavía mucho camino por recorrer.
