
Highlights
Competencia de 48 horas entre pares
Desde el 17 al 19 de abril, los participantes (solo alumnos y egresados de GameLab) diseñarán, programarán y publicarán un juego en motores permitidos (GDevelop, Game Maker o Godot). La presión del reloj como catalizador creativo.
Premios simbólicos pero estratégicos
Clase on‑demand gratuita, derecho a elegir tema de próxima jam para el código más limpio, y el juego ganador como ejemplo oficial en futuras clases con crédito a sus autores.
Dos modelos, una misma pasión
Mientras la jam de GameLab apuesta por fortalecer a su comunidad educativa cerrada, la Global Game Jam de IGDA Paraguay abre sus puertas a cualquier interesado, fomentando la mezcla de estudiantes, autodidactas y profesionales de otras áreas.
El 17 de abril, GameLab, una de las academias de desarrollo de videojuegos con mayor trayectoria en el país, revelará el tema sorpresa de su propia game jam. A partir de ese momento y hasta el 19 de abril, los participantes tendrán 48 horas para diseñar, programar y publicar un videojuego desde cero. La dinámica es conocida en el ambiente: equipos de hasta tres personas o participantes individuales, motores permitidos (GDevelop, Game Maker o Godot), publicación en Itch.io y la presión del reloj como catalizador creativo.
Los premios son simbólicos pero útiles: una clase on‑demand gratuita para el mejor juego general, la posibilidad de elegir el tema de la próxima jam para el ganador de la categoría “Código más limpio”, y diplomas de participación para todos. Además, el juego ganador pasará a ser ejemplo oficial en futuras clases, con crédito a sus autores.
Pero hay un detalle que diferencia esta convocatoria de otras jams locales: la participación está restringida exclusivamente a “alumnos actuales y egresados del Game Lab”. Es decir, una puerta que se abre solo para quienes ya transitaron (o transitan) las aulas de esa institución.
En las antípodas, la Global Game Jam organizada por IGDA Paraguay, realizada en febrero, convoca a cualquier persona con interés en el desarrollo, sin importar su formación previa, edad o experiencia. Allí, estudiantes universitarios, profesionales de otras áreas, artistas, programadores autodidactas y curiosos se mezclan durante un fin de semana para dar vida a prototipos que, en muchos casos, terminan siendo el punto de partida de carreras enteras.
Ambos formatos son legítimos. Ambos cumplen funciones distintas. Pero el contraste entre una jam cerrada a una comunidad educativa y otra abierta a todo público invita a preguntarse qué modelo de crecimiento de la industria se está priorizando, y qué efectos tiene cada uno en la formación de talento y la diversidad del ecosistema.
La jam de GameLab: aprendizaje en un entorno controlado

GameLab se define como una academia de desarrollo de videojuegos que ofrece cursos estructurados. Su game jam interna tiene una lógica coherente con ese perfil: es una actividad extracurricular que permite a sus estudiantes y egresados poner en práctica lo aprendido en un entorno conocido, con compañeros que comparten un mismo vocabulario técnico y una misma base de conocimientos.
La limitación de motores a GDevelop, Game Maker y Godot también responde a esa lógica. Son herramientas que forman parte del currículo de GameLab, y la jam funciona como una extensión natural de las clases. Los participantes no tienen que aprender un nuevo motor en 48 horas; pueden concentrarse en la idea, el diseño y la ejecución.
Los premios, aunque modestos, están orientados a la formación continua. La clase on‑demand gratuita y la posibilidad de que el juego ganador se convierta en material de estudio son incentivos que refuerzan el ciclo educativo: se aprende, se compite, se gana, y ese logro se integra al acervo pedagógico de la institución.
Este modelo tiene ventajas claras: reduce la ansiedad de los participantes novatos (al estar entre pares con un nivel similar), facilita la mentoría (los docentes pueden seguir de cerca los proyectos), y crea un sentido de comunidad interna que fortalece la identidad de la academia. Para quienes recién empiezan, una jam cerrada puede ser una puerta de entrada menos intimidante que un evento masivo y abierto.
Sin embargo, también tiene limitaciones. Al restringir la participación a alumnos y egresados, se excluye a una porción importante del talento local: autodidactas que aprendieron por su cuenta, profesionales de otras disciplinas que quieren incursionar en el desarrollo, estudiantes de carreras afines que no cursaron en GameLab, y personas que simplemente tienen una idea y ganas de probar suerte. Todos ellos quedan afuera, aunque su potencial creativo o técnico pueda ser enorme.
La Global Game Jam de IGDA Paraguay: puertas abiertas, diversidad garantizada

En el otro extremo del espectro, la Global Game Jam organizada por IGDA Paraguay es, por definición, un evento abierto. No hay requisitos de formación, no hay listas de motores preaprobados (aunque se recomiendan los más accesibles), y la participación no está atada a ninguna institución educativa.
Como se documentó en la cobertura de este medio, la última edición de la GGJ en Paraguay convocó a decenas de participantes, muchos de los cuales se acercaban por primera vez al desarrollo. Allí se formaron equipos multidisciplinarios que combinaban programadores con artistas, músicos con diseñadores, y estudiantes con profesionales en activo. La diversidad de perfiles fue, precisamente, el motor de la creatividad.
La GGJ no ofrece premios materiales. No hay clases gratuitas ni diplomas con valor curricular (más allá del certificado global de participación). El incentivo es otro: la experiencia de crear algo desde cero en 48 horas, la posibilidad de conectar con otros desarrolladores, y la vitrina que ofrece Itch.io para publicar el resultado. Para muchos, ese primer prototipo se convierte en el punto de partida de un portafolio que luego presentarán a estudios o publishers.
La apertura de la GGJ tiene una consecuencia directa en el ecosistema: actúa como un semillero de talento que no depende de ninguna institución en particular. Los participantes que descubren su vocación en una jam pueden luego formarse donde quieran —en GameLab, en cursos online, de manera autodidacta—, pero el punto de entrada fue democrático y accesible.
La contracara es que esa apertura también implica una mayor dispersión. No todos los equipos logran terminar el proyecto. No todos los participantes reciben el mismo nivel de acompañamiento. La experiencia puede ser abrumadora para quienes no tienen ninguna base técnica, y la falta de una estructura de mentoría personalizada puede llevar a la frustración.
Crecimiento de la industria: ¿puertas abiertas o cerradas?

El debate de fondo no es si una jam es mejor que otra, sino qué tipo de ecosistema se quiere construir a largo plazo. La historia de la industria de videojuegos en Paraguay, documentada en este medio a lo largo de los últimos meses, muestra que el talento puede surgir de cualquier lugar. Bethania Aguilera y Saúl Sanchez, los creadores de We’re Cooked, no salieron de una academia tradicional; aprendieron haciendo, participando en jams abiertas y compartiendo sus proyectos en comunidades online. Mathias Coronel, detrás de Lost Tales – Karai Vosa, es un ejemplo de autodidacta que fue puliendo su oficio proyecto a proyecto. Exilon, con RavenFall, empezó con experimentos pequeños en Itch.io antes de encarar un juego comercial.
Todos ellos, en algún momento, participaron en espacios abiertos. No todos tuvieron acceso a una educación formal en desarrollo de videojuegos, porque esa educación, hasta hace muy poco, era prácticamente inexistente en Paraguay. Las academias como GameLab llegaron después, y cumplen un rol valioso en profesionalizar la formación. Pero la base de la pirámide —esa masa crítica de personas que se animan a probar, fallar, aprender y volver a intentar— se construye con espacios abiertos.
Cuando una jam se cierra a una comunidad exclusiva, se corre el riesgo de perpetuar un círculo de talento que ya está dentro del sistema, pero deja afuera a quienes podrían aportar miradas frescas, experiencias de otros rubros o simplemente una curiosidad que no encontró antes un canal de expresión. La industria no crece solo con la profundización de habilidades técnicas; también crece con la diversidad de ideas, y esa diversidad suele llegar desde afuera.
Complementariedad posible

Ninguno de los dos modelos es superior al otro. La jam de GameLab tiene sentido como actividad interna de una institución educativa. Ofrece a sus alumnos un espacio seguro para experimentar, una estructura de seguimiento que una jam masiva no puede garantizar, y un incentivo alineado con su propuesta pedagógica. No hay nada de malo en eso.
La Global Game Jam de IGDA Paraguay tiene sentido como evento comunitario abierto. Actúa como una puerta de entrada para quienes no tienen acceso a una formación formal, o para quienes quieren probar si el desarrollo de videojuegos es realmente lo suyo antes de invertir tiempo y dinero en un curso. También es un espacio de encuentro donde se cruzan trayectorias que de otro modo no se cruzarían.
El problema no es que existan jams cerradas. El problema sería si solo existieran jams cerradas. Porque una industria que solo forma talento dentro de sus propias murallas corre el riesgo de volverse endogámica, de repetir las mismas recetas, de perder la capacidad de sorprenderse.
En Paraguay, afortunadamente, hay espacio para ambas. La jam de GameLab se suma a una tradición de eventos abiertos que ya vienen ocurriendo hace años. Y eso es bueno. No hay que elegir un bando. Hay que entender que cada formato cumple una función distinta, y que el ecosistema se enriquece cuando hay diversidad de oportunidades.
La jam como excusa para mirar el modelo de crecimiento

Más allá de la discusión sobre los requisitos de participación, la GameLab Game Jam es una noticia positiva. Significa que hay una institución educativa que no solo enseña, sino que incentiva la práctica intensiva, la creación en tiempo real, la publicación de resultados. Eso es valioso en un país donde la formación en desarrollo de videojuegos todavía está en proceso de consolidación.
La pregunta que queda flotando es si, en el futuro, ese tipo de iniciativas podrían abrirse esporádicamente al público general. No todas las jams tienen que ser abiertas, pero una jam abierta cada cierto tiempo, organizada por una academia, podría ser un puente entre la formación formal y la comunidad autodidacta. Un espacio donde los estudiantes de GameLab compartan taller con gente que viene de otros mundos, y donde todos aprendan unos de otros.
Mientras tanto, los interesados en participar en la jam de GameLab ya saben: necesitan ser o haber sido alumnos de la academia. Los que no cumplan ese requisito, pueden esperar a la próxima Global Game Jam, o animarse a organizar su propia jam con amigos, o simplemente seguir aprendiendo por su cuenta.
La industria paraguaya de videojuegos está en un momento de crecimiento. Los casos de éxito documentados en este medio son prueba de que hay talento. Pero para que ese talento no sea solo de unos pocos, sino de muchos, hace falta que las puertas estén abiertas. No todas al mismo tiempo, ni todas del mismo modo. Pero abiertas, al fin. Porque el próximo gran juego paraguayo puede estar naciendo ahora, en la cabeza de alguien que todavía no sabe que puede hacerlo. Y ese alguien, quizás, no tuvo la suerte de pasar por una academia. Pero tuvo la suerte de encontrar una jam que le dijo: “vení, probá, no importa de dónde vengas”. Eso es lo que construye industria.
