
Highlights
– El episodio 37 de El Observador ofrece una radiografía cruda y realista del desarrollo de videojuegos en Paraguay.
– IGDA Paraguay y la Global Game Jam aparecen como pilares clave para la formación y el crecimiento del ecosistema local.
– El futuro del game dev paraguayo depende de comunidad, gestión, alianzas público-privadas y visión internacional.
La escena del desarrollo de videojuegos en Paraguay suele moverse en silencio. No porque no haya talento, sino porque históricamente faltaron espacios donde pensar la industria en voz alta, con crudeza, sin slogans vacíos ni promesas infladas. El episodio 37 de El Observador vino a ocupar ese lugar: una conversación extensa, sin apuro, centrada en el estado real del game dev paraguayo de cara a 2026, con Marco Brunetti, presidente de IGDA Paraguay, como una de las voces principales.
No fue una entrevista promocional ni una charla técnica aislada. Fue, más bien, una radiografía. De esas que incomodan un poco, pero sirven.
Un ecosistema que ya no puede fingir que es “chico”
Uno de los primeros consensos que atraviesa toda la charla es claro: el gaming dejó de ser solo entretenimiento. Hoy es cultura, economía, exportación, política pública y —cada vez más— un territorio donde se disputan modelos laborales, narrativas y poder. Pensar el desarrollo de videojuegos como “un hobby con salida” ya no alcanza.
Paraguay, guste o no, ya forma parte de un mercado global. No porque tenga grandes publishers locales, sino porque sus desarrolladores publican en plataformas extranjeras, venden en dólares, dependen de audiencias internacionales y dialogan con estándares que no se definen puertas adentro. La industria, como se dice en el programa, es internacional por diseño.
Ese dato cambia todo. Obliga a dejar de mirarse el ombligo.
Global Game Jam: la puerta de entrada que sigue funcionando
En ese marco, la Global Game Jam Paraguay aparece como uno de los motores más consistentes del ecosistema local. No como evento aislado, sino como puerta de entrada. Brunetti lo subraya varias veces: el verdadero valor de la jam no está solo en los juegos que se hacen en 48 horas, sino en la cantidad de gente que entra sin saber programar, sin saber diseñar, sin saber “si esto es para mí”.
Y muchas veces, se queda.
La jam funciona como un primer contacto sin barreras simbólicas. No te pide un CV, no te pide experiencia, no te pide permiso. Te pide curiosidad y compromiso. Y eso, en un país donde la formación formal en videojuegos todavía es limitada, vale oro.
Además, el modelo híbrido y descentralizado —con sedes físicas y participación online— amplía el alcance real. Asunción ya no es el único epicentro posible. Ciudad del Este, Encarnación y la virtualidad empiezan a jugar en serio.
Descentralizar no es solo “hacerlo en otro lado”
Ahora bien, la descentralización no es un eslogan lindo para un flyer. En El Observador se lo dice sin rodeos: descentralizar es complejo. Implica coordinar tiempos, culturas, expectativas y recursos. No alcanza con abrir una sede y esperar que “pase algo”.
Si no hay sincronización, la descentralización se vuelve fragmentación.
Por eso aparece una idea clave: la necesidad de estructuras formales que acompañen lo comunitario. Programas de embajadores, alianzas con instituciones, marcos claros para sostener el crecimiento. El entusiasmo sirve para arrancar; para sostener, hace falta gestión.
Y ahí entra el rol del Estado.
Estado, privados y comunidad: el triángulo incómodo
El episodio deja algo muy claro: sin alianzas público-privadas, el salto de escala es imposible. No por ideología, sino por matemática. El mercado global del gaming mueve cientos de miles de millones de dólares. Ningún ecosistema emergente entra ahí solo con voluntad.
Instituciones como INAP o la Secretaría de Cultura aparecen como actores necesarios, no para “controlar” la industria, sino para habilitarla: fondos, visibilidad, programas de internacionalización, marcos legales. El objetivo no es subsidiar por subsidiar, sino crear condiciones para que los estudios puedan vivir de esto, no solo sobrevivir proyecto a proyecto.
La conversación esquiva la fantasía del “Estado salvador”, pero también la del “mercado mágico”. La salida está, como casi siempre, en el medio.
Del hobby al oficio: el factor humano
Uno de los tramos más potentes del episodio es cuando se habla de trayectorias personales. Gente que arrancó autodidacta, participando en jams, mirando tutoriales de madrugada, y que hoy lidera equipos o proyectos con proyección internacional.
El mensaje es directo: nadie nace profesional. Se construye.
Pero para que eso ocurra, el camino tiene que ser legible. Mentorías, espacios de aprendizaje, devolución honesta, circulación de conocimiento. Cuando la información se guarda como capital simbólico, el ecosistema se achica. Cuando se comparte, crece.
Y acá hay una apuesta fuerte de IGDA Paraguay: convertir la experiencia acumulada en capital colectivo, no en trofeo individual.
IA: herramienta, no atajo moral

Era inevitable que aparezca el tema. Y aparece sin histeria.
La inteligencia artificial, se dice en el programa, ya está acá. Sirve para acelerar tareas repetitivas, prototipar, optimizar flujos de trabajo. Negarla es perder tiempo. Pero romantizarla también es peligroso.
La discusión se pone interesante cuando se habla de límites éticos y creativos. ¿Qué pasa cuando la IA reemplaza criterio por plantilla? ¿Qué pasa cuando se usa para abaratar costos a costa de precarizar trabajo creativo? ¿Qué pasa con los derechos, con la autoría, con la identidad estética?
La postura es clara: la IA debe potenciar al desarrollador, no borrarlo. Y ahí la responsabilidad no es solo técnica, es política y cultural.
Técnica, narrativa y publishing: el triángulo que define el futuro
Si hay una idea que se repite como mantra en El Observador, es esta: no alcanza con programar bien. El desarrollo de videojuegos hoy se sostiene sobre tres pilares igual de importantes:
– técnica
– narrativa
– publishing
Podés tener un juego sólido desde lo mecánico, pero si no sabés contarlo, posicionarlo, distribuirlo y mantenerlo visible, muere en silencio. Y eso pasa más de lo que se admite.
Por eso se insiste tanto en formar perfiles híbridos, o al menos equipos que entiendan el proceso completo: desde la idea hasta el jugador final. Engines como Unity o Godot son herramientas; el diferencial está en cómo se usan y para qué mercado.
Creadores de contenido y esports: aliados, no decorado
Otro punto interesante es el rol de los streamers y creadores de contenido. Ya no son “prensa alternativa”, son parte del circuito de legitimación. Muchos indies despegaron gracias a una transmisión en el momento justo.
La invitación es clara: dejar de verlos como un recurso ocasional y empezar a pensarlos como socios estratégicos. Con reglas claras, con respeto mutuo y con una comprensión real del valor que aportan.
Monetización y responsabilidad: el tema que nadie quiere tocar
El episodio también se mete en terreno espinoso: cómo se gana plata sin cruzar líneas. Loot boxes, suscripciones, servicios, microtransacciones. Todo está sobre la mesa.
La postura es firme: la monetización no puede ser predatoria. Y ahí el rol del Estado, de las asociaciones y de los propios estudios es compartido. Transparencia, regulación y responsabilidad social no son enemigos del negocio; son su condición de sostenibilidad.
Paraguay como economía puente
Quizás una de las ideas más interesantes del cierre es pensar a Paraguay como economía puente. Geográficamente, culturalmente y estratégicamente, el país puede funcionar como nexo entre mercados regionales y plataformas globales.
Pero eso no pasa solo. Requiere planificación, casos de éxito visibles y una narrativa país que acompañe.
Un cierre sin épica vacía
El episodio 37 de El Observador no promete milagros. Propone algo más difícil: disciplina, coordinación y paciencia. Reconocer lo que se avanzó, sin negar lo que falta. Apostar a las personas como principal recurso. Y entender que el crecimiento real no es explosivo, es sostenido.
Si algo queda claro después de escuchar la charla es esto: Paraguay no está empezando, pero tampoco llegó. Está en transición. Y lo que se decida en estos años va a definir si el game dev local queda como una anécdota entusiasta o se convierte, finalmente, en una industria exportable, ética y con identidad propia.
El camino está trazado. Ahora toca caminarlo.
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