
Highlights
El fin de la épica fundacional
Durante años, cada logro local se vivió como una batalla contra la adversidad. Era necesario para construir cimientos. Ese tiempo terminó. Ahora la conversación es otra.
Tres hitos que cambiaron el mapa
En menos de seis meses, la escena paraguaya acumuló logros que reconfiguraron su posición: desde éxitos en Fortnite con We’re Cooked y UNO Royale hasta números de desarrollo que ya no son anecdóticos.
La pregunta incómoda
El talento ya está demostrado. Lo que viene es más complejo: ¿estamos listos como ecosistema para escalar? ¿La infraestructura, la formación y la mentalidad crecieron al mismo ritmo que los logros?
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que hablar de videojuegos paraguayos implicaba automáticamente un tono de conquista. Cada logro era una batalla ganada contra la adversidad, cada lanzamiento una prueba de que “sí se puede”, cada mención internacional un motivo para sacar pecho. Era necesario. En un país sin industria consolidada, esa épica cumplía una función: mantener viva la llama mientras se construían los cimientos.
Ese tiempo terminó. No porque haya dejado de ser difícil —lo sigue siendo—, sino porque los hitos acumulados en los primeros meses de 2026 cambiaron la conversación. Ya no se trata de demostrar que existe talento. Se trata de entender qué hacemos con él.
La foto de marzo: tres postales de una misma historia

Si alguien quisiera explicarle a un inversor extranjero por qué debería mirar a Paraguay, le alcanzaría con mostrarle tres cosas que ocurrieron entre diciembre y marzo.
La primera es UNO Royale, la isla de Mattel en Fortnite con participación clave de la desarrolladora paraguaya Ingrid Peñailillo. 15.4 millones de minutos jugados. 90 mil favoritos. Una actualización el 9 de marzo, meses después del lanzamiento, lo que indica que el equipo sigue trabajando en mantenerla viva. No es un golpe de suerte de una semana: es un producto con tracción sostenida.
La segunda es We’re Cooked, la isla de Future Trash donde Bethania Aguilera y Saúl Sanchez demostraron que también se puede desde la originalidad. 32 minutos de sesión promedio. 15.5 horas de juego por usuario. Números de engagement que cualquier estudio de mobile mataría por tener. Y detrás, una historia que arrancó con un post en Reddit y terminó con el reconocimiento de Epic.
La tercera es Warani Studios cumpliendo 11 años. Once. Con una decena de títulos en el lomo, desde The Origin llegando a PlayStation hasta CW: Chaco War todavía en desarrollo como promesa de FPS con identidad local. Un estudio que no solo produce, sino que forma, abre puertas, participa en jams, y demuestra que la constancia también es una forma de construir industria.
Tres historias distintas. Tres modelos de negocio diferentes. Un mismo origen.
El espejo Roshka: cuando el crecimiento se vuelve estructural

En el medio, otra noticia que pasó con menos estruendo del que merecía: Roshka Studios abrió un bootcamp de game design. Diez cupos. Un mes intensivo. Sin costo. Y lo más importante: con Víctor Corvalán al frente, el creador de Hole and Fill (24 millones de descargas) y Junkyard SIM (casi 4 millones).
Lo interesante del bootcamp no es solo lo que ofrece —contenido sólido, contactos con publishers, inmersión en la lógica del mobile— sino lo que representa. Un estudio local con trayectoria global diciendo “necesitamos más gente como nosotros, y vamos a formarla porque afuera no encontramos”.
Esa es una declaración de madurez. Significa que ya no alcanza con esperar a que el talento aparezca mágicamente. Hay que cultivarlo. Hay que darle herramientas. Hay que construir el semillero.
Y el hecho de que sea Roshka quien lo haga —con 20 años de experiencia en software, con publishers como Voodoo y Homa Games en su lista de contactos— le da al programa un peso que ningún curso teórico podría igualar. Los diez que entren no van a aprender “cómo se hacen juegos” en abstracto. Van a aprender cómo se hacen juegos que después publica TapNation. Que es muy distinto.
La pregunta que nadie quiere hacer

Pero en medio de tanta celebración legítima, hay una pregunta que flota y pocos se animan a formular en voz alta: ¿esto es una escena o sigue siendo una colección de individualidades talentosas que se las arreglan como pueden?
Porque cuando uno mira los casos exitosos, encuentra patrones: equipos chicos, mucha autogestión, conexiones internacionales construidas a pulmón, y una capacidad de adaptación envidiable. Pero también encuentra algo que inquieta: la falta de articulación entre ellos.
We’re Cooked y UNO Royale coexistieron en el mismo momento, con los mismos actores mirándose de reojo, pero sin una conversación pública sobre cómo potenciarse mutuamente. Warani y Roshka son estudios con trayectorias respetables, pero no hay un “clúster” que los vincule más allá del reconocimiento mutuo. Los devs que empiezan siguen dependiendo de contactos personales más que de un ecosistema que los reciba.
No es un problema de buena voluntad —la hay, y mucha—. Es un problema de estructura. Cuando la escena es pequeña, los lazos informales alcanzan. Cuando empieza a crecer, se necesita algo más.
Lo que falta (y duele reconocer)

Si aplicamos la mirada analítica que usamos con los datos de Steam o con los informes de Alinea, el diagnóstico de la escena local arroja algunas carencias estructurales que los éxitos individuales no deberían tapar.
La primera es la ausencia de formación continua más allá de iniciativas puntuales. El bootcamp de Roshka es genial, pero son diez personas. ¿Qué pasa con los otros cien que quieren aprender? ¿Dónde está la carrera de game design que no depende de la buena voluntad de un estudio privado?
La segunda es la fragilidad financiera. Todos los casos exitosos dependieron de publishers externos, de trabajo por encargo, de oportunidades que aparecieron más que de un mercado local que las sostenga. No hay inversores paraguayos acostumbrados a los ciclos del desarrollo de juegos. No hay líneas de crédito blandas para estudios creativos. No hay políticas públicas que entiendan que esto no es un hobby.
La tercera es la desconexión con el mercado local. Los juegos que triunfan acá miran afuera por definición. Es lógico: el mercado interno es chico. Pero esa mirada tan enfocada en lo internacional a veces hace que se pierda de vista la construcción de una comunidad local de jugadores que consuma producción nacional. No por chauvinismo, sino por sostenibilidad.
La paradoja del orgullo
Hay una paradoja curiosa en cómo se celebran estos logros. Por un lado, hay un orgullo genuino y merecido. Por otro, ese orgullo a veces funciona como techo: “ya llegamos, ya demostramos”. Y la pregunta que debería seguir es “¿y ahora qué?”.
Porque si miramos los números de UNO Royale y We’re Cooked, lo que vemos es que el talento local puede competir en la vidriera más grande del mundo. Pero también vemos que ese talento sigue siendo, en términos relativos, una rareza. No hay decenas de estudios paraguayos publicando en Fortnite. Hay dos casos, con nombres propios, que además son los mismos que vienen sonando desde hace años.
Eso no es culpa de ellos, obviamente. Es un síntoma de lo que falta: masa crítica, recambio generacional, formación escalable, inversión sostenida.
El peligro es que el éxito de unos pocos oculte la fragilidad del conjunto. Que celebremos tanto los hitos que dejemos de preguntarnos por qué no hay más.
Lo que viene: tres escenarios posibles
A partir de acá, la escena paraguaya puede tomar (está tomando, sin saberlo) uno de tres caminos.
El primero es el de la consolidación selectiva. Los estudios que ya existen siguen creciendo, consiguen más publishers, lanzan más juegos, y se convierten en casos de estudio. Pero el resto del ecosistema no termina de despegar. Es un escenario posible, y no sería trágico, pero sí limitado.
El segundo es el del efecto derrame. Los éxitos existentes inspiran a una nueva generación que, con más acceso a información y herramientas, empieza a poblar el mapa. El bootcamp de Roshka forma a diez, pero esos diez después forman a otros. Las comunidades online se activan. Las jams se multiplican. El talento se vuelve menos escaso.
El tercero es el del salto institucional. En algún momento, el Estado (o algún actor con capacidad de incidir) entiende que esto no es solo entretenimiento, sino industria creativa con potencial de exportación. Y empiezan a aparecer políticas: líneas de crédito, incentivos fiscales, programas de formación públicos. Es el escenario más difícil, pero también el que cambiaría las reglas del juego para siempre.
Ninguno de los tres está escrito. Los próximos meses dirán hacia dónde se inclina la balanza.
El riesgo de dormirse en los laureles
Hay una escena en el informe de Alinea sobre Resident Evil Requiem que siempre me resuena cuando pienso en escenas chicas: “Capcom entendió que el jugador de PC no acepta ports de segunda categoría”. La exigencia del público global es cada vez mayor, y los márgenes para el error son cada vez más chicos.
Los desarrolladores paraguayos que triunfaron hasta ahora lo hicieron porque cumplieron con esos estándares. Porque sus juegos no eran “aceptables para ser de Paraguay”, sino que eran buenos, punto. Esa exigencia no puede aflojar.
El riesgo de los logros acumulados es creer que el camino ya está allanado. Que lo que sigue es más fácil. Y no lo es. Es más difícil, porque la vara sube y los competidores no descansan.
La buena noticia es que hay conciencia de eso. Nadie en Warani, Roshka o Future Trash parece estar durmiéndose. Pero la escena no son solo ellos. Son todos los que vienen atrás, mirando, esperando su oportunidad.
El balance de mitad de año
Si tuviéramos que hacer un balance de estos primeros meses de 2026, el saldo es claramente positivo. Tres hitos concretos, medibles, con números que respaldan. Un bootcamp que forma talento. Una comunidad que sigue activa. Y una conversación que empieza a virar de “si se puede” a “cómo hacemos más”.
Pero los balances también sirven para señalar lo que falta. Y acá falta articulación, falta inversión, falta formación escalable, falta que el éxito de unos pocos se convierta en plataforma para muchos.
No es una crítica. Es un diagnóstico. Y los diagnósticos, cuando son honestos, sirven para actuar.
El año recién empieza. Quedan nueve meses para que los que ya están sigan creciendo, y para que los que vienen encuentren su lugar. Si la escena paraguaya logra dar ese salto —del logro individual a la construcción colectiva—, el 2026 será recordado no como el año de las tres noticias, sino como el año en que todo empezó a cambiar.
Si no, habrá sido un gran año, pero solo eso. Un gran año, y después otro, y otro, sin que la foto de conjunto se modifique.
La decisión, como siempre, está en quienes hacen. Y por lo visto hasta ahora, hay con qué. Solo falta organizarse.
