
Highlights
Los mundos abiertos ofrecen una libertad ilusoria, pero profundamente convincente.
Los detalles “inútiles” son los que hacen que los juegos se sientan vivos.
La grandeza del género está en disimular sus límites, no en eliminarlos.
Los videojuegos de mundo abierto nos venden una promesa seductora: la libertad absoluta. Sin embargo, detrás de sus horizontes infinitos se esconde una contradicción fascinante que define la experiencia moderna del jugador.
Chocamos con paredes invisibles cuando intentamos escalar aquella montaña perfecta. Nos topamos con barreras intangibles al borde del mapa, donde el terreno parece accesible pero una fuerza misteriosa nos detiene. Estas limitaciones técnicas rompen momentáneamente la ilusión, recordándonos que habitamos un espacio diseñado, no descubierto.
Pero aquí surge lo interesante, los mejores mundos abiertos compensan estas restricciones con una abundancia de detalles innecesarios. Un NPC jugando ajedrez en una plaza. Una mini atracción de feria completamente funcional. Conversaciones entre personajes secundarios que jamás afectarán la trama principal. Estos elementos no avanzan la narrativa ni ofrecen recompensas significativas, pero construyen algo más valioso, parecen realistas.

¿Para qué incluir un minijuego de dardos en un juego sobre salvar el mundo? Porque la vida real no gira exclusivamente alrededor de misiones épicas. Las personas juegan dardos, se enamoran, discuten por tonterías. Cuando Red Dead Redemption 2 nos permite saludar a cada transeúnte o GTA V incluye clases de yoga, estos detalles “superfluos” hacen que el mundo respire.
Esta tensión entre limitación y libertad define la experiencia. Sabemos que no podemos ir más allá de cierto punto, que el océano eventualmente nos matará o que esas montañas del horizonte son solo texturas. Pero dentro de esos confines, encontramos un parque de diversiones diseñado obsesivamente para hacernos olvidar las jaulas.
Los mundos abiertos no nos dan libertad real. Nos dan un espacio limitado decorado tan obsesivamente que dejamos de buscar las paredes.
Y honestamente, a veces la ilusión bien hecha vale más que la libertad absoluta.
