
Highlights
▶ Dos géneros, una sola experiencia en conflicto
El juego intenta unir velocidad arcade con gestión mecánica profunda, generando una identidad híbrida.
▶ Ambición por encima de la comodidad
No busca ser complaciente: propone fricción constante entre correr y reparar.
▶ Un experimento que todavía pide ajuste
Las ideas están claras, pero la convivencia entre sistemas aún necesita refinamiento.
Underground Garage no se presenta como un juego tímido. Desde su planteo inicial deja en claro que quiere jugar en dos ligas a la vez: la adrenalina del arcade racing, con claras resonancias a Need for Speed, y la meticulosidad casi obsesiva de un simulador mecánico al estilo Car Mechanic Simulator. El problema —y también su mayor promesa— es que esa fusión no siempre convive en armonía.
Lo que emerge de la experiencia no es un juego fallido, sino un título en tensión permanente consigo mismo. Uno que acelera fuerte en una recta, pero se frena solo cuando toca abrir el capó. Underground Garage es, ante todo, un experimento ambicioso. Y como todo experimento, deja ver costuras, roces y decisiones que todavía piden una ajuste de tuerca.
Dos géneros, un mismo garaje
La idea central viene con fuerza y una patada: correr de noche, quemar nitro, derrapar con estilo… y luego volver al taller para meter mano de verdad. No solo cambiar piezas cosméticas, sino desmontar sistemas completos, diagnosticar fallas, drenar fluidos, revisar ignición, frenos, transmisión. El juego no simula que arreglás un auto: te obliga a hacerlo paso por paso.
En lo que es la carretera, Underground Garage se siente cómodo. El manejo apunta al arcade, con derrapes generosos (hay veces que son demasiado generosos), sensación de velocidad clara y una respuesta inmediata que invita a correr una carrera más. En ese terreno, cumple.
El quiebre del disfrute del gameplay aparece cuando el flujo se corta y entramos al taller.
El loop jugable: cuando la fricción se vuelve protagonista

En sus primeras horas, el sistema de reparación es casi didáctico. Cambiar aceite, hacer diagnósticos básicos, revisar componentes visibles. Todo parece encaminado a un loop atractivo: reparar vehículos → correr → ganar dinero → mejorar el auto → volver a correr.
Pero rápidamente el juego eleva la complejidad sin amortiguación. Encontrar una pieza se vuelve un pequeño laberinto. Desmontar un sistema implica cinco, seis, a veces diez pasos previos. Una tarea sencilla se transforma en una secuencia rígida donde cualquier error —una pieza faltante, una pestaña mal activada, una herramienta equivocada— bloquea el progreso.
La experiencia empieza a sentirse más cercana a una checklist técnica que a una fantasía de taller. Y eso impacta directamente en el ritmo. Cada regreso al garaje es más largo de lo esperado. Cada arreglo, más denso. El impulso que deja la carrera se enfría rápido bajo capas de menús, clicks y microacciones.
Interfaz y controles: el talón de Aquiles
Si hay un punto donde Underground Garage se dispara en el pie con una bazooka, es la interfaz. No porque sea fea o incluso incomprensible, sino porque es poco intuitiva para lo que el juego pide.
Muchas acciones requieren una secuencia que debe ser exacta y cumplida con los pasos al pie de la letra: elevar el auto, abrir el panel correcto, activar el modo adecuado, usar el botón preciso, confirmar desde otra vista. La cámara no siempre ayuda; a veces estorba. Alinear piezas puede ser más difícil de lo que debería, no por realismo, sino por limitaciones de visualización.
Les juro, me convertí en Don Ángel, mi mecánico IRL. Y sinceramente, le entiendo ahora.
El resultado es una sensación constante de estar peleando con el sistema, no con el desafío mecánico en sí. Y cuando eso pasa, la inmersión se rompe.
Progresión: ambición sin filtro

Underground Garage quiere que progreses en todo: conocimiento, habilidad, rendimiento del auto, resultados en pista. La idea es buena. El problema es que no regula bien el esfuerzo requerido para cada avance.
Cambios menores pueden demandar demasiado tiempo. El balance entre recompensa y trabajo no siempre cierra. Para un jugador que busca velocidad y personalización, el nivel de detalle puede sentirse excesivo. Para un fan hardcore de la simulación, en cambio, puede resultar incompleto o poco pulido.
Ahí aparece la paradoja: el juego quiere atraer a dos públicos, pero parece ser que no termina de decidir a cuál priorizar, no entiende aún a quien hay que darle el gusto.
Rendimiento y optimización: cuando el hardware también sufre
Un detalle que no pasa desapercibido es el impacto técnico. El juego exige más de lo que aparenta. Cargas, stutter ocasional, UI pesada. No es injugable, pero sí lo suficientemente inconsistente como para recordarte que la optimización todavía necesita trabajo.
No es solo un tema de frames: es la suma de pequeñas pausas que erosionan el flujo. Y en un juego que depende tanto del ritmo —correr, volver, arreglar, salir otra vez— eso pesa.
Realismo vs. diversión: el debate central

Underground Garage plantea una pregunta interesante, no obstante: ¿Hasta dónde vale la pena ser fiel a la mecánica real cuando eso va en contra del disfrute?
El juego se inclina fuerte hacia la autenticidad en el taller, pero no siempre ofrece herramientas de adaptación. No hay suficientes atajos, modos alternativos o escalas de complejidad claras. Todo es profundo, desde temprano, sin anestesia.
Ahí es donde aparece la mayor oportunidad de mejora: dar opciones. Permitir que quien quiera correr, corra. Y que quien quiera desarmar un motor tornillo por tornillo, lo haga. Pero no obligar a todos a atravesar el mismo embudo.
Potencial: el motor está, falta calibrarlo
A pesar de todo, Underground Garage no es un juego para descartar. Al contrario: tiene una identidad clara, un concepto fuerte y momentos donde la combinación funciona. Cuando el balance se alinea —una buena carrera, una mejora clara, un arreglo que impacta en el rendimiento— el juego brilla.
El problema no es la idea. Es la ejecución.
Simplificar no es traicionar el diseño. Es afinarlo. Un mejor tutorial, una interfaz más limpia, sistemas de reparación escalables y una cámara más colaborativa podrían transformar radicalmente la experiencia.
Conclusión: una buena idea pidiendo orden
Underground Garage es un juego que quiere mucho. Y eso se nota. Quiere ser rápido y técnico, arcade y simulador, accesible y profundo. Hoy, esa ambición juega tanto a favor como en contra.
La velocidad está. El taller también. Lo que falta es un puente más amable entre ambos mundos.
No es una reseña de demolición. Es una advertencia constructiva. Underground Garage tiene el chasis, el motor y el concepto. Ahora necesita calibrar la transmisión, ajustar el volante y decidir qué tipo de experiencia quiere priorizar.
Porque cuando acelera, se siente increíble. Y cuando se traba, duele.
Y entre esos dos extremos, hay un juego que todavía puede convertirse en algo mucho más grande.

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