
Hacer videojuegos es más fácil que nunca. Anteriormente, las limitaciones técnicas creaban una altísima barrera de entrada, reservada a programadores de élite. Pero en los últimos 15 años, conjuntos de herramientas conocidos como motores de videojuegos salieron al público, facilitando enormemente el proceso técnico y artístico.
En 2017 vi en YouTube un título que me llamó la atención: “Cómo hacer tu propio juego en Unreal Engine”. Nunca había pensado en crear videojuegos, pero me ganó la curiosidad. Instalé el programa, pero mi humilde computadora no dio abasto y se congeló.
Buscando alternativas, descargué Unity, pero pronto abandoné el primer tutorial al descubrir que debía aprender a programar. Me sentí intimidado. “Cómo hacer juegos sin programar” fue mi siguiente búsqueda en Google, pero ningún resultado me convenció, así que me resigné a aprender Unity.
Fue complicado, no lo voy a negar. Mi tiempo era limitado por un trabajo de tiempo completo y una carrera que nada tenía que ver con este mundo. Incontables madrugadas y tutoriales me llevaron a publicar mis primeros proyectos. ¿Eran buenos? Definitivamente no. Pero con cada intento aprendía algo nuevo. Descubrí que programar, aquello de lo que huía en un principio, me divertía.

Sin darme cuenta, con cada juego que publicaba, estaba construyendo algo crucial para mi futuro como desarrollador: un portafolio que podía mostrar al mundo. Ese portafolio me ayudó a cumplir mi gran sueño: Trabajar en un estudio de videojuegos. Algo que, años atrás, parecía imposible cuando vi por primera vez aquel tutorial en YouTube.
(Las imágenes fueron generadas por IA)
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