
Highlights
▶ Un roguelike construido desde lo clásico
El poker de dados funciona como columna vertebral de una experiencia que prioriza tensión narrativa antes que complejidad mecánica.
▶ El yate como metáfora del sistema
The Avarice no es solo un escenario: es una máquina de consumo, reemplazo y repetición donde cada muerte suma al espectáculo.
▶ Perder también es avanzar
Cada derrota alimenta el relato, cambia al protagonista y refuerza la crítica a un sistema diseñado para devorar jugadores.
En un ecosistema indie cada vez más poblado de propuestas que buscan destacarse por mecánicas llamativas o estéticas retro, Dead Finger Dice: A Billionaire Killing Game decide ir por otro camino: tomar una estructura clásica —el poker de dados— y convertirla en el eje de una experiencia roguelike narrativa, cargada de crítica social, humor negro y una puesta en escena deliberadamente incómoda.
La premisa es directa y brutal en lo conceptual: el jugador queda atrapado a bordo de The Avarice, un yate de lujo donde una élite de millonarios demoníacos organiza un torneo clandestino. El objetivo no es simplemente ganar partidas, sino sobrevivir a un sistema diseñado para exprimir, reemplazar y repetir. Cada derrota no es solo un “game over”: es parte de un ciclo que continúa con otro personaje, otro intento y un contador de víctimas que sigue creciendo.
Poker de dados, pero con consecuencias
En términos mecánicos, Dead Finger Dice se apoya en reglas reconocibles. Cada ronda gira en torno a cinco dados, con hasta tres relanzamientos disponibles, y gana quien forme la mejor mano de poker. La partida continúa hasta que uno de los dos participantes se queda sin recursos.
La diferencia está en cómo se apuesta. El sistema de riesgo no se basa en fichas abstractas ni monedas virtuales tradicionales, sino en un recurso finito y persistente entre runs. Cada decisión de apostar es también una decisión estratégica de largo plazo, que puede afectar no solo la ronda actual, sino la progresión futura.
Esta lógica encaja de lleno con la estructura roguelike: perder no borra todo. Parte de los recursos pueden esconderse en un compartimento oculto de la celda del jugador, permitiendo preparar mejor el siguiente intento. El castigo existe, pero también la memoria del sistema.
Roguelike, sí, pero con narrativa acumulativa

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es que no se conforma con ser un roguelike sistémico. Dead Finger Dice incorpora una capa narrativa que se despliega run tras run, a través de:
- Un códice que debe ser descifrado
- Correos electrónicos dispersos
- Pistas ocultas en el entorno del encierro
Estas piezas permiten desbloquear múltiples finales, lo que refuerza la idea de que el objetivo no es solo “ganar”, sino entender el sistema que te atrapó y decidir cómo enfrentarlo.
La estructura recuerda más a ciertos juegos narrativos experimentales que a un roguelike tradicional: el fracaso no es solo esperado, es parte del discurso. Cada intento fallido aporta información, contexto y nuevas posibilidades.
Dados trucados, estrategia y construcción de builds
Más allá del azar inherente al poker de dados, el juego introduce una capa de construcción estratégica mediante la modificación de los dados. A lo largo de las partidas, es posible desbloquear:
- Habilidades especiales selladas de forma “demoníaca”
- Encantos que alteran probabilidades
- Maldiciones que fuerzan riesgos adicionales
Esto transforma cada run en un ejercicio de dice builder, donde el jugador no solo reacciona a las tiradas, sino que moldea activamente el comportamiento del sistema. La estrategia deja de ser puramente estadística y pasa a ser también de planificación: qué efectos conviene combinar, qué riesgos asumir y cuándo forzar una mano.
Cinco jefes, cinco caras del poder

El torneo está estructurado alrededor de cinco jefes, cada uno representando una variación del poder extremo: figuras de élite con reglas propias, estilos de juego diferenciados y condiciones especiales que rompen la rutina.
Lejos de ser simples picos de dificultad, estos enfrentamientos funcionan como momentos de comentario temático. No se trata solo de vencerlos, sino de entender cómo cada uno encarna una lógica distinta de dominación, acumulación y desprecio por la vida ajena.
Estética 1-bit y una identidad sin concesiones
Visualmente, Dead Finger Dice apuesta por una estética 1-bit sucia, áspera y deliberadamente incómoda. No hay ornamento innecesario: todo está al servicio de una atmósfera opresiva, claustrofóbica y decadente.
El apartado sonoro acompaña con una banda sonora original, diseñada para reforzar la tensión constante y el tono cínico del conjunto. No busca épica ni alivio: refuerza la sensación de estar atrapado en una maquinaria que no se detiene.
Conciencia de clase como eje temático

El propio juego no oculta su postura. Entre sus características destacadas menciona explícitamente la conciencia de clase como uno de sus pilares. Dead Finger Dice no apunta a una neutralidad discursiva: es una sátira feroz sobre la relación entre poder económico, entretenimiento y deshumanización.
La “cuenta de cuerpos” no es presentada como espectáculo gratuito, sino como resultado lógico de un sistema donde los descartables siempre son los mismos. El ciclo se repite, los ricos observan, el juego continúa.
Un proyecto indie con identidad clara
En un cierre casi irónico, el equipo remarca que el juego está completamente hecho por humanos, con sus propios dedos. Más allá del guiño, hay una declaración implícita: Dead Finger Dice es una obra artesanal, con una visión clara y sin miedo a incomodar.
No es un juego para todos los públicos, ni parece querer serlo. Pero dentro del panorama indie actual, se posiciona como una propuesta con personalidad fuerte, mecánicas reconocibles pero resignificadas, y una intención discursiva que va más allá del shock.
En síntesis

Dead Finger Dice: A Billionaire Killing Game combina:
- Un sistema de poker de dados accesible
- Estructura roguelike con progresión persistente
- Construcción estratégica de dados
- Narrativa fragmentada y múltiples finales
- Una estética cruda y coherente
- Y una crítica social frontal
No reinventa el azar, pero sí lo convierte en discurso. Y en tiempos donde muchos juegos prefieren no decir nada, eso ya es una toma de posición.
